Vivimos rodeados de discursos de autoayuda que nos interpelan desde una manida y curiosa posición. Se trata de una voz grave y solemne desde la cual se proclaman grandísimas verdades sobre ciertos sentimientos y prejuicios humanos. Pomposamente, la voz determina que dichos sentimientos y prejuicios no son sino ataduras de un yo sabio, universal, verdadero, profundo y elemental que lucha por manifestarse puro y libre. Junto a este yo, hay otro yo universal: un yo miedoso y prejuicioso que es el aditamento necesario y vital de aquel. Son amigos, van juntos. El yo sabio universal le habla entonces al yo tonto también universal, y le dice todas esas cosas que nos decimos cuando estamos desesperados y que, en vez de animarnos o relativizar nuestro pesar, nos hunden más y más en la miseria. La idea es que una vez allí bien revolcados y rebozados de lágrimas y caca, emergeremos reconstruidos y conscientes, flamantes como Venus o Ave fénix. Creación, destrucción, muerte y renacimiento.
El yo listo
lo sabe todo, está en todo. Desde este lugar en el que se ve la razón de ser
de cada cosa antes de que pase, y a la vez a posteriori, el yo sabio nos
advierte de la futilidad de todos nuestros intentos por alterar o desviarnos de
lo debido y necesario, pues se trata de intentos grotescos y patéticos por alzar
alguna otra voz y emitir alguna otra luz sobre esta cierta configuración definitiva
de nuestra vida y del universo en general. No hay nada que decir ni nada que
hacer desde un querer individual y egocéntrico. Eso que creemos importante e
identitario son solo caprichos. Solo
queda,pues, apaciguar ese deseo infantil y dar paso la realización del deseo
verdadero. ¿Y cuál es ese deseo verdadero? Ahí es donde el yo sabio nos lanza
un reto imposible: tú lo descubrirás porque cada uno tiene el suyo. Pero -atencion-, no es todo
eso que hasta ahora te ha hecho infeliz, sino lo que te hará feliz finalmente.
Lo que te dará armonía y tranquilidad de espíritu.
Hablemos
ahora del miedo. El asunto del miedo es muy interesante. Desde estos parámetros, el miedo se desprecia y se niega, se
entiende, al fin, como miedo al ridículo. Pasa que el sujeto infantil y miedoso
ha elaborado una difusa y exigente delimitación de lo que quiere ser, que no es
otra cosa que lo que en este discurso se rellama “autoimagen”. La autoimagen es
la capa que imaginariamente debe acompañar definiendo a toda actuación. La
autoimagen es el secreto mejor guardado desde nuestro punto de vista y el
secreto a voces para los demás. Uno cree que tapa, pero lo que hace es mostrar.
Siempre es la inseguridad, vamos. Porque, claro, el problema de la autoimagen
es que ésta no se ha formado de manera adecuada. La autoimagen se nos aparece
como una suerte de demonio fatídico que ha nacido y crecido a fuerza de expectativas
ajenas, golpes y subidones y que, a la vez, consiste en aquello que habría impedido y revertido dicho
nefasto proceso. Un lío. Identificamos autoimagen con salvación personal. El
callejón de todo este discurso es que ahora la salvación consiste en destruir
la salvación. Nos salvaremos cuando ya no nos queramos salvar. Otra vuelta de
tuerca, otro giro de 360 grados, otro derrape, otro resbalón.
Por suerte
para nosotros, Gran fin ni es esto que acabamos de describir, ni nos lleva a este punto falaz. Gran fin
traza dibujos terribles y cómicos. Gran fin se ríe. Gran fin nos obliga a
reirnos de los cuentos mirando de frente a todos estos personajes destapados e
impúdicos. Bien delimitados con trazos negros, naranjas rojos, celestes y
amarillos (¿y verdes?). Así que no nos reímos de ellos sino con ellos. Porque
son feos y hermosos y nuestros. Nos reímos
y bailamos sin música y sin acordes suaves. Con pelos, barbas y genitales.
También intervienen objetos imponentes y cargados como coronas y cetros y
libros. Y mucho árbol con la ramas que siguen y siguen y seguirán llevándonos y
subiéndonos. Nos vamos por las ramas porque somos dioses y somos monos.
“Gobernantes crueles” dice El gran fin. Como los niños. Hay un estupor y una
risa elemental que nos acecha cuando leemos el gran fin. Risa muy callada.
¿Cómo puede ser grande un fin? Un castillo puede ser grande, o una barba, incluso un cielo puede serlo. ¿Pero un fin? ¿Es que tiene este fin un desenlace largo? ¿Es que tarda
mucho en acabar? ¿No será acaso que dura siempre y que nunca termina esta risa
silenciosa? Permanente es el afán colocar un punto. Y luego otro. Atentos a la
interrupción. Los dibujos del gran fin están delimitados por líneas fuertes,
incluso las discontinuas, que nos obligan a ver todas las figuras, por pequeñas
que sean. Pequeños reyes, pequeños esqueletos, pequeñas naves que evocan esos
otros mundos, tiempos que están en este. Traídos una y otra vez para ser
bailados y mirados. Todos están invitados a la fiesta. Es una celebración. Porque es grande la ternura de la mirada que sigue
la línea hasta el final. Es la mirada tierna que se nos impone si seguimos
estos trazos que no podemos dejar de mirar. Esos trazos que celebran las
figuras. Realmente celebran el dibujo mismo como acto simbólico fundacional. En
fin, sigamos dibujando sin tregua en esta gran fiesta del gran fin.
El gran fin es una obra de monoperro, un libro sensacional que ha editado http://jekyllandjill.com/shop/gran-fin/
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