La primera impresión que tuve al leer a Emily Dickinson fue que estaba muerta y que escribía desde el mundo de los espectros. Quizás por el sensualismo espiritual que rezuma. Pero no llega ser sensual porque no hay realmente voz que suene ni palabras que se oigan sino palabras fantasma que se susruan por carta que dicen anhelar las cosas, las flores, pero no las rozan. Podría esperar uno cierta tristeza en la voz fantasma que la llevara a protestar o al menos poner en evidencia la desventura de su condición -puesto que nos encontramos ante una sensibilidad, digamos, inhibida…- pero tampoco. Conclusión, tenemos ese anhelo de la cosa fraguado por palabras extrañamente combinadas.
Y son poemas hechos
por una mujer hija, hermana, nieta de peregrinos puritanos, tía y cuñada. De todas las expectativas depositadas en ella por su condición solo
se saltó una y no fue no casarse. Fue no ir a la iglesia. Porque se consideraba aceptable, también en familias "respetables", que alguna de las hijas no lo hiciera y que desplazara, como hizo Emiliy, el cuidado
del correspondiente marido por el cuidado de padre, madre, hermano, sobrinos, etc. Tuvo una
proposición tardía que no pudo ni rechazar porque el pretendiente murió prematuramente. Era
viejo, era un amigo de su padre. Quizás le hubiera dicho que sí. Quizás ya era
tarde. Pero su relación con la practica religiosa por ambivalente, controvertida y poco convencional. Su familia fue entrando por tandas a la iglesia
congregacionalista -primero su madre hermano y hermana y finalmente su padre-
de Amshert pero ella no. Ella casi nunca iba y no cedió a pesar de la presiones de su familia. Pero su negativa estuvo compensadísima con el estudio privado de los
textos y sobre todo, con una intachable reputación gracias a una proclamada
castidad. Por tanto, como Emily no salía de casa eso fue suficiente para acallar a todos.
En un prólogo
cortísimo a una antología suya, Borges afirma que esta mujer tuvo una vida “muy
intensa”.Lo vemos, dice, al leer sus cartas a familiares y amigos, son cartas
entusiasmadas, evocadoras y afectuosas en la que Emily expresa sus amores y
antipatías. La intensidad femenina. Virginia Wolf llama “abigarrada” al rasgo ineludible en la literatura hecha por mujeres en tanto que determinada la condición de la mujer por cierto
estado de disponibilidad permanente. Llámese "hogar" o como se quiera
eso a lo que una mujer naturalmente está avocada.
“Dios me guarde de lo que llaman
hogares”, escribía Emiliy con 20 añitos a su amiga Abiath Root. Penosas y perecederas labores que la
martirizaban cuando puntualmente tenía que realizarlas para su padre y hermano.
Porque Emily nunca fue, como nos exhortaba Virginia, independiente
económicamente: no disponía de las 500
libras anuales. Sí dispuso, en cambio, de
la otra cosa que se trabó y custodió para sí con celo inquebrantable: una
habitación propia.
Debidamente se ha
hecho hincapié -quizás con más morbo que agudeza- en este hecho, en su empeño
por preservar su espacio, su lugar personal e íntimo de visitas indeseadas. Es significativo y ajustado decir que estos
1700 esquemáticos poemas en papelitos, en servilletas, junto con recetas de
cocina, en cartas, otros cosidos por ella casi autoeditados en un cajoncito de
su escritorio, en parte llegaron a existir por esta conquista suya material de
la puerta cerrada.
De estos 1700
alguno por ahí se coló en alguna revista literaria con otro nombre.
También es
interesante que Emily se buscara a un interlocutor, el editor de la revista
literaria The Atlantic Monthy, Thomas
Wentwort Higginson. Este hombre, al que ella quiso llamar “tutor”, realmente no
se enteraba decasi nada y por su proceder respecto a Emily hasta pareciera que no
tenía ni por dónde cogerla ni a ella ni asus poemas. Todo indica que ella se dio cuenta de esto (no le hacía mucho caso cuando éste sugería tal o cual cambio). Según
confesó a su esposa, el buen Higginson estaba inquieto y abrumado con su díscola
y absorbente pupila. Ella escribió en cartas y poemas sobre el afán por publicar,
algo aparentemente escéptico, pero por el tono que usa parece que encubre con
la reprobación moral sobre la ambición de gloria, la enorme dificultad -sino imposibilidad- que
percibía para lograr reconocimiento en su entorno.
297
¡Yo no soy
Nadie!¿Quien eres tú?
¿Eres- Nadie-
También?
¿Ya somos dos
entonces?
¡Ni un
palabra!¡Lo pregonarán, ya sabes!
Ser
–Alguien-¡qué aburrido!
Como una
Rana-¡Que vulgar!
Pasarte Junio
diciéndole tu nombre –
¡A la primera
Charca que te admire!
I´mNobody! Who are you?
Are you –Nobody-Too?
Thenthere´s a pair of us!
Don´ttell! They´sadvertise-youknow!
Howdreary-to be- Somebody!
Howpublic-like a Frog-
To tellone´sname-thelivelong June-
To
anadmiringBog!
Y
290
De Bronce -y
Fuego-
El Norte-esta
noche-
Tan
adecuadamente -se sustenta-
Tan
desconcertado con sí mismo-
Tan distante-a
la alarma-
La soberana
Indiferencia
A mí o al
Universo
Infecta mi
sencillo espíritu
Con Tintes de
Grandeza
Hasta que adopto actitudes más vastas-
Y contonéome
sobre mi tallo-
Desdeñando a los
Hombres y al Oxígeno,
Por su Arrogancia-
Mis esplendores
son Domésticos
Más su
Espectáculo Sin par
Deleitará a los
Siglos
Cuando yo me
haya ido,
Una isla de
Hierba deshonrada-
De Escarabajos
solo conocida.
¿Quizás con este
contacto de Higginson albergaba Emily la esperanza de tener su obra publicada? Puede
ser, pero no creo que fuera por eso que lo escogiera como “tutor”, sino más
bien por tener necesidad de algún tipo de contraste experto para su obra. En un
carta de 1862, con 32 años ya, Emily escribe:
“Señor Higginson,
está usted demasiado ocupado para decir si mi verso está Vivo? La mente esta
tan cerca de sí misma-que no puede ver, con nitidez-y no tengo a quién
preguntar ”.
Se ha visto no solo en los metros, sino en también en el material, que son pájaros, flores, estaciones, una suerte de afinidad formal y de imágenes entre la poesía de Emily y los devocionarios que se estudiaban y comentaban en las casas puritanas. Claro que eso pudo influirle y no parece que tuviera una gran cultura literaria, y a ninguno de sus contemporáneos.
En una carta de las primeras cartas a Higginson Emily escribe:
“Pregunta usted por mis Compañeros, Colinas-Señor- y el Crepúsculo –y un perro- grande como yo, que me compró mi padre- Son los mejores seres-porque saben- pero no lo cuentan-y el ruido en la Charca mediodía-supera mi Piano. Tengo un Hermano y una Hermana-A mi madre no le interesa el pensamiento-y Padre, demasiado ocupado con sus informes-para darse cuenta de lo que hacemos-me compra muchos Libros-pero me suplica que no los lea-porque teme que sacudan mi mente”
“He tenido un terror-desde septiembre-que no podía contar a nadie-así que canto como hace el niños junto al Cementerio -porque estoy asustada-“
Murió relativamente
joven, a los 53. Un 15 de mayo como el día en que terminé de escribir esto. No sabemos si ese día estaba soleado o
había espesas nubes negras. Tampoco sabemos si antes de morir cantó para ella el
petirrojo o al cuclillo, -en realidad era el chotacabras- Sí sabemos, con
quizás alguna más seguridad, que murió de nefritis, dicen que había vivido medio
enferma casi toda su vida. También alguien por ahí, algún patán seguramente, ha
dicho que estaba loca como sugirió su traidor amigo Samuel Bowles porque ella se negó en una ocasión a recibirle. ¡Cómo se atrevía esa “reina
reclusa” y casta? Otros encantan de
decir aquello de que al cumplir los treinta se vistió de blanco inmaculado
-aunque en la famosa foto que ha pasado a la posteridad lleva un abotonado vestido
negrísimo –y que permanecería con ese color hasta el final de sus días.
Otros afirman que, a lo Safo, ella solo amaría profunda y verdaderamente a su
cuñada Susan “para siempre Sue”, por sus cartas, donde ciertamente se explaya
en cariño y afectos que, a ojos modernos, solo pueden ser
romántico-eróticos. Otros figuran que amó
a un elocuente y aclamado pastor
Woordwoodor sus sermones pastor casado y con hijos. Solo algunos poetas despiertan tanta especulación. Se forma una leyenda preciosa que se alarga y enriquece. Yo quiero aportar un granito. Este verso suelto abigarrado evoca a mi parecer la esencia de Emily. No hay nada más allá. Los muertos sólo miran a los vivos y a las cosas de este mundo de esa manera, dickinsianamente.
1775
La tierra tiene
muchas claves.
Donde no hay
melodía
Es la ignota
península.
La belleza es el
hecho de la naturaleza
Pero testigo de
su suelo,
Y de su mar
testigo,
El grillo es
para mí
Su suprema
elegía.
1774
El tiempo más
feliz se desvanece
Y no deja
vestigio-
Es que la
Angustia carece de Plumas
O para el vuelo
pesa demasiado.


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