sábado, 18 de octubre de 2008

Teoría del arte propia o las cinco condiciones

Hay un película de Lars Von Trier, ese malrollista, que está muy bien.

Resulta que -si no recuerdo mal- va de que le encarga a un amigo suyo director,un tal Jorgen Leth, que haga una película de acuerdo a unas condiciones que el le pone. Si esto fuera un sueño o un cuento, deberíamos saber cuáles eran esas condiciones porque cada una de ellas significaría algo, pero desgraciadamente no me acuerdo. Me parece que algunas eran de tipo técnico, como que la peli debía ser en blanco y negro o con fotogramas cortados, en ambientes reales. No eran el decálogo dogma aunque algunas condiciones si coincidían. La cuestión es que el tipo iba haciendo las películas (ah, la duración también era limitada y no podía superar unos pocos minutos) intentando seguir las pautas externas que le habían sido fijadas. Digo películas en plural porque tuvo que hacer más de una. ¿Por qué? Porque Jorgen hacía una, y al finalizarla se reunía con Lars para evaluarla juntos. Las reuniones eran muy graciosas, pues se realizaban en casa de Lars tomando vodka y comiendo salchichas. Entonces se sentaban y Lars con una sonrisa le decía que la película era un mierda, que estaba mal o, bueno, que no le convencía, y entonces le ponía una nueva condición y/o matizaba alguna de las anteriores. Así que el otro se iba y hacía otra distinta. Las películas en cuestión eran muy guais, o sea muy bien hechas, y muy sugerentes, pero a Lars todo eso le daba igual, lo único que quería era que se respetaran las condiciones. Hasta a la India se fué Jorgen a filmar, y a Cuba, se tiraba al suelo para desmayarse de mentira y todo. Se gastó una pasta, claramente se estaba divirtiendo mucho. Una de las pelis, por ejemplo, consistía en el mismo, con traje blanco perfecto, sentado en mitad de una calle de una ciudad India deleitándose con un festín de pato asado y muchos más manjares puestos todos en una mesa como de boda en bandejas de plata.

En la última reunión, Lars, entre abatido y enfadado, se daba por vencido y reconocía la incapacidad del otro de salirse de si mismo: había tomado las condiciones y, cumpliéndolas, las había neutralizado, vuelto irrelevantes, inoperativas, nadas... para hacer lo mismo que había hecho siempre.

Se trataba de una clase magistral de creación, de arte -no sé como llamarlo- y excelente alumno había sacado un diez. Pero su diez no valía nada, porque se había quedado preso de la interpretación, y la interpretación nunca será arte, porque nunca será ajena a sí misma.

7 comentarios:

lobita dijo...

jó, no me acuerdo, creo que cuando le escribí pensaba que si!¿Tú que opinas 10+10?

María Angélica dijo...

No es posible ser ajeno a uno mismo. No lo digo por mí, en realidad lo digo por Velázquez que pintaba por encargo ¿hay algo que pueda ser más ajeno a uno mismo que pintar por encargo?.
Eso, que por mucho encargo que se le hiciera, y por muy alejado del tema que se sintiera, siempre le puedes reconocer; no sé si a él, a su estilo o yo qué se, pero ahí está, Lobita de mediana edad.

lobita dijo...

Claro, eso es, bufandita, no hablaba de personas...sino de aquello que tiene lugar cuando un cosa se vuelve una obra arte y que no termina -sino que empieza- cuando se acaba de hacer la última picelada. (y quizás empiece mucho antes de que se ponga la primera) Sin eso estaríamos perdidos... en nosotros mismos.

lobita dijo...

además... No creo que ser inconfundible sea signo de na. (ahi tienes a la inconfundible isabel pantoja)Es broma, si es que confundible, con una alarma anti-incendios!

María Angélica dijo...

¿y no son las personas acaso, ideas hechas carne?. Pero yo tampoco hablaba de personas, inocente Lobita, hablaba de Velázquez.

lobita dijo...

Ah!

Anónimo dijo...

volviendo al tema de la película de las 5 condiciones, estoy de acuerdo con que es una obra maestra, sobre todo por la última de las peliculitas que el señor Von le pone como condición al otro (que por cierto parece que es un tipo muy famoso e importante en su país)que firme la autoría de la peli y no haga nada más. En definitiva la peliculita queda con unas imágenes neutras y una lectura de una carta que escribe Von como si fuera el otro y en la que habla de Von, entre otras cosas. Pues sólo así consigue que el otro se deje a si mismo un rato.