1ª la clásica del dilema del prisionero.
2ª la de la movilización: yo puedo pensar, individualmente, que no merece la pena votar en una elecciones, o hacer el esfuerzo de ir a una mani, porque mi participación no cambiara nada (“total, un voto más o menos; un asistente más o menos…”). Pero si todos los que estamos pensamos lo mismo dejamos de votar (o de ir a la mani) por ello sí que cambiará mucho.
3ª la del beneficio colectivo y el coste individual (en situaciones de rebeldía o insumisión colectivas): imaginemos que un grupo numeroso de gente desarmada tiene que hacer frente a un agresor armado aislado. Si actúan colectivamente de forma coordinada podrán neutralizarlo, pero nadie quiere dar el primer paso (necesario para desencadenar la movilización colectiva, que muchas veces se produce por solidaridad, como en las pelis tipo Los poetas muertos) por miedo a la agresión que caerá sobre él individualmente.
Un ejemplo más sofisticado de esto son las autoinculpaciones colectivas, que sólo son eficaces si se autoinculpa un número tan elevado de gente que haga inviable la represión efectiva. Un requisito importante es que se mantenga entre ellos la unidad de acción hasta el final, frente a la represión selectiva –intencionada– o discrecional –azarosa o debida a criterios meramente burocráticos, carentes de intencionalidad– que probablemente se desencadenará en ese momento.
(Puede que estas paradojas no sean más que variaciones de la misma, que seguro que algún Slogo ha formulado de forma más abstracta)
Reflexiones de Lovito son.

2 comentarios:
Vaya... puede que sean causalidades, no casualidades... de las tripas de San Agustín a la gnosis actual.
si, las tripas han sido todo un tema, mira lo que le pasó a Hegel...
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