sábado, 20 de marzo de 2010

primavera y religión se oponen


La experiencia de las estaciones me suscita a menudo un pensamiento que no voy a llamar teleológico
Este pensamiento parte de la observación de que avanzado ya el frío lo suyo, como sobre el 26 de diciembre, los árboles de mi ventana se encuentran aún frondosos, poblados, y verdes su hojas cubiertas de nieve. Un buen día de febrero, de pronto, los miro y están secos, pelados, desnudos, sólo acompañados de gorriones que se mecen -de gordos que están-, en las pálidas ramas aparentemente muertas. Ya hace frío mucho más frío pero, enseguida, al primer rayo de calor, sale algo verde. Es entonces cuando parece esto: que no es por la temperatura que el árbol reacciona de una manera u otra antes o después, sino independientemente de ella. Parece que hay dentro de árbol, o mejor dicho, que hay un dentro en el árbol, que no es lo que se ve por ejemplo cuando cortas el tronco, sino un dentro intangible -no por pequeño-, que va un poco a su bola. En el árbol, en cielo, en el río, en el gorrión con sobrepeso. La experiencia de los primeros brotes habla de la germinación invernal que ha estado haciendo su trabajo en este abajo tomándose -la muy maja- su tiempo rugoso. Es más cercana a esta experiencia básica e ingenua la antigua y salvaje representación circular y redondeada de tiempo. La otra, la lineal, no. La lineal, que más que lineal habría que llamar "segmentalista", o mejor "flechil", es solidaria de la representación de un fin que más que fin habría que llamarlo "final", o mejor, "exterminación", o quizás "the end" o mejor casi "diñarla". En efecto, en el límite de la flecha vectorial se halla eso a lo que llamamos "perfección". Nada que ver con la eternidad. ¿Que la religión es "el sollozo de la criatura exprimida"?¿El "corazón de un mundo sin corazón"? ¡Qué morro!¡Ella se lo quitó!.

1 comentario:

lobita dijo...

Has entendido primorosamente,rosquillita.