Hay
una
película de Agnes Jaoui que se llama “Para todos los gustos”. Si
dijéramos que es una peli "bourdinana" estaríamos tal vez siendo un poco
pedantes, pero eso no quita que sea una buena y resumida manera de meternos en este asuntillo bourdiano de la violencia simbólica. En la peli hay varias historias entrelazadas,
una de ellas, es la
historia de amor entre un alto empresario y una artista bohemia,
cincuentones ellos dos. Ella, actriz, pero de teatro alternativo, él,
inculto y rancio, ella, sensible, él, tosco en las formas, desagradable
con sus subordinados, y casado con una mujer caricaturizada por el
guionista como mujer florero histérica. El necesita -por ciertas
circunstancias profesionales- una profesora de inglés. Ella está soltera
y siempre al límite de dinero, por lo que tiene que completar su sueldo
de artista alternativa como profesora de inglés Así es como se
conocen. Al principio el rechaza las clases, reacio a aprender inglés
pero, tras verla actuar por pura casualidad, se va a enamorar
intantáneamente hasta las
trancas, de ella y su arte y por supuesto aceptará tomar las dichosas
clases.
Entonces
se aplica en conquistarla como puede. Entre otras cosas intenta ganarse
a sus amigos, que resultan ser unos snobs de cuidado, unos bohemios que
se pasan las noches tomando copas y escuchando jazz en tugurios
alternativos. El enamorado se va de fiesta y de bares con ellos, y hasta
osa
meterse en sus conversaciones y chistes pero, claro, no pilla ni uno,
porque claramente carece la ironía afilada y sutil que haría falta para
captar las segundas.
Total, que el tipo se acaba convirtiendo en motivo de la risa de los
demás. Al final, como puntilla, los artistas
amigos sacan tajada de su supuesta amistad y acaban encasquetándole al
buenazo un cuadro carísimo, una especie de
mural abstracto como frontal de un edificio de oficinas de su empresa.
¿Dónde
está aquí esta violencia simbólica? Claramente en la manera en que
estos amigos snobs tratan al empresario enamorado... con desprecio, ese
medidísimo desprecio. Pero la uestion aqui es que estas malas maneras son asumidas, consentidas y
compartidas por aquellos que las padecen. En la película el
empresario no solo no cuestiona en ningún momento el tratamiento al que
es sometido, claro que no, la torpeza y el desconcierto en la que ineludiblemenete dichas
prácticas lo introducen se lo impiden.
Dice
Bourdieu que los intelectuales son
la fracción dominada de la clase dominante. Cogeremos estas palabras
para meter en el mismo saco a intelectuales y artistas.
Sí, lo hacemos porque consideramos que ambos comparten la posición de
poder en determinado campo social: el de los bienes simbólicos, esto
son, aquellos bienes (cosas queridas) cargados de reconocimiento social
dentro de una jerarquía de posiciones. En este caso, estos amigos
poseen este capital, que en el fondo es una forma prestigio y poder que
se manifiesta en este dominio sobre las interacciones. El medio dificil de definir esto de la violencia simbolica, sí, difícil
definirla, pero no dificl de verla. Verla se la ve enseguida, se ve el
plumero....Eso, lo que muestra la
violencia simbólica cuando se ejerce (y quizás en esto consiste ella) es
la jerarquía finos/paletos, con todos sus grados. Cuando la violencia
simbólica se practica se hace evidente quien está abajo y quien arriba
en cuanto a distincion se refiere, sin que haya manera de que este
"salir a la luz" sirva de ningún modo como desativación de la misma, sino
más bien como su refuezo por actualización, porque el dominio
simbólico, rebosante todo él, se regodea. Contra este todo serán reacciones,
porque mazo machacasignificados se impone brutal y limpiamente.
Pues sí, hay un "ensañamiento" que también se ve en la película.
Se trata de un delicado doble juego por el que estas élites culturales
estando desposeídos ellas -algunas de las veces- de este otro capital,
el económico, tendrán que presentar, sin embargo, sobretodo en los casos
en lo que sí lo poseen, en virtud de las propias reglas que comparten,
una actitud de indiferencia y desdén hacia éste. Se trata de una marca
cuyo nombre deben mantender, la marca de aritista/intelectual que no se
vende, puro... Pero, al hallarse ellos insertos en el campo social
general donde el poder ecónomico es tan determinante, este doble juego
de despreciar lo material se volverá problemático y fuente de tensiones y
autojustificaciones. ¡Ah y quizás sea por eso que su discurso es a
menudo tan rabioso, elitista y pedante, y rezume ansia de venganza
y restitución! (una restitución imposible...). Esta es, pues, la única
explicación: que esta subordinación estructural les empuje a realizar
constantemente la defensa y reivindicación feroz de su irreductible
espacio de poder, aquel en el que ellos ganan de antemano. Y sus
víctimas preferidas son... ¡ los nuevos ricos! claro, sí, ellos, los que
tienen pan y no dientes, como el empresario enamorado de la
película, enamorado de algo que no entiende, poseedor de un capital que
no sabe aprovechar, y de unos bienes carentes ese valor intrínseco que
se le presupone falsamente a los bienes culturales elevados.
¿Y
en qué consiste eso por lo que se representan ellos como tan
especiales? En las clases cultas y distinguidas está claro: la capacidad
de experimentar cierto sentimiento. ¿Cual? Un sentimiento
peculiar de placer relatado de mil y una maneras, que consigue
desencajar a la cosa concreta de
toda funcionalidad y contexto práctico, y situarla en un plano del
desinterés contemplativo...por el cual, a la vez, el contemplador
siente casi místicamente, su ajuste
absoluto con el universo en su totalidad. Esto es más o menos sabido
intutivamente por todos y se manifiesta literariamente como un cierto
estado de sobrecogimiento... Lo sociológicamente relevante aquí es que será precisamente aquella experiencia
estética donde el sintiente-el
sujeto que realiza la acción de determinar esta cosa como “buena” y aquella
otra como “mala” en términos de su adecuación a cierta idea de belleza y
por tanto de gozarla o repudiarla estéticamente- se jugará su propia
valoración o rango social y, en definitiva, su pertenencia o no
pertenencia a un grupo simbólicamente
superior. Dicha superioridad
simbólica presenta dos aspectos. Por un lado, uno que podríamos llamar
poder de significación. Dicho
poder
vendrá dado por este situarse respecto de las cosas con esta pose que
hemos caracterizado como desinteresada. A través de ésta, se producirá
la escenificación
discursiva y práctica de que la singularidad de las cosas es abierta y
redefinible desde un lugar amoral, ahistórico y presocial. Es decir,
que el sentido del gusto es previo a todo condicionamiento social, que
redefine constantemente el valor y significado de las cosas, y que en
dicha valoración y resignificación se juega el desarrollo moral del
grupo humano de referencia. Es verdad que este poder de significación y
resignificación se tendrá que articular en el contexto de un mercado
contingente de los bienes "simbólicos", donde los agentes (grupos
mediáticos, reales academias, editoriales, galeristas, sellos
discograficos, cadenas de television, marcas, academicos, etc ) manejan
diferentes intereses y posiciones. Pero dicho campo está claramente como
hemos visto jerarquizado, y la legitimación de dicha jerarquía y por
tanto la obtención y concesión de este bien dentro del campo deberá
manejar esta ideología para ser exitosa.
El
otro aspecto de este ejercicio de violencia simbólica es que, en que el
mismo movimiento discursivo que coloca determinados grupos productores o
no y distribuidores como "vanguardia genuina" y "elite cultural",
colocará por contraste, a todos los demas, como chusma desensibilizada
(donde sensibilidad hemos visto no
apela aquí a sensación sino a este sentimiento superior) meros
consumidores pasivos y
retrasados de los significados producidos por aquellos, a através de un
ejercicio
de constante y reiterada desposesión. Esta desposesión es
doble: por un lado éstos consumidores son incapaces de emular siquiera
la
apreciación genuina de los productos de la “alta cultura” y por otro
lado, son desposeídos de la capacidad de elevar a tal rango sus
producciones. Así, por oposición a aquella cultura
definida como “alta” está la que los desposeídos hacen, es
decir, la cultura "popular" o
más adecudo en este contexto "de masas”. La capacidad de significación
de estos otros estará condicionada por su posición de inferioridad y
presentará por tanto unas formas reactivas. En
esta posición se colocan cuando reconocen su supuesta falta (de
distinción) y aspiran a emular las apreciaciones y ademanes y
producciones de los aquellos, exagerarlos, buscando los huecos, siempre
en la perifieria simbólica. Surgirá, como no, una reactiva y romántica
revindicación -¿igual de elitista?, muchas veces académica y externa- de
esta "cultura popular" o "de la calle" inlcuso "de masas " como más
auténtica (el folklorismo ) pero desde la aceptación básica del criterio
que la conceptualiza como tal, muy común en los intelectuales que
pretenden mitigar el carácter clasista de esta dinámica.
Al
hilo de esto recuerdo una cosa que me contaba un amigo el otro dia
sobre su juventud "allí en la facultad iba yo todo elegante como un
garrulo, y mis amigos pijos iban como unos pordioseros". Esta elegancia
interior...no es más que la absorción temprana de los gestos del
desinterés y toda búsqueda y cultivo de dicho gesto, la legitimación y
fomento de su reproducción.

No hay comentarios:
Publicar un comentario