domingo, 6 de julio de 2014

Los gustos de los otros



Hay una película de Agnes Jaoui que se llama “Para todos los gustos”. Si dijéramos que es una peli "bourdinana" estaríamos tal vez siendo un poco pedantes, pero eso no quita que sea una buena y resumida manera de meternos en este asuntillo bourdiano de la violencia simbólica.  En la peli hay varias historias entrelazadas, una de ellas, es la historia de amor entre un alto empresario y una artista bohemia, cincuentones ellos dos. Ella, actriz, pero de teatro alternativo, él, inculto y rancio,  ella, sensible, él, tosco en las formas, desagradable con sus subordinados, y casado con una mujer caricaturizada por el guionista como mujer florero histérica. El necesita -por ciertas circunstancias profesionales- una profesora de inglés. Ella está soltera y siempre al límite de dinero, por lo que tiene que completar su sueldo de artista alternativa como profesora de inglés  Así es como se conocen. Al principio el rechaza las clases, reacio a aprender inglés pero, tras verla actuar por pura casualidad, se va a enamorar intantáneamente hasta las trancas, de ella y su arte y por supuesto aceptará tomar las dichosas clases. 
Entonces se aplica en conquistarla como puede. Entre otras cosas intenta ganarse a sus amigos, que resultan ser unos snobs de cuidado, unos bohemios que se pasan las noches tomando copas y escuchando jazz en tugurios alternativos. El enamorado se va de fiesta y de bares con ellos, y hasta osa meterse en sus conversaciones y chistes pero, claro, no pilla ni uno, porque claramente carece la ironía afilada y sutil que haría falta para captar las segundas. Total, que el tipo se acaba convirtiendo en motivo de la risa de los demás. Al final, como puntilla, los artistas amigos sacan tajada de su supuesta amistad y acaban encasquetándole al buenazo un cuadro carísimo, una especie de mural abstracto como frontal de un edificio de oficinas de su empresa.

¿Dónde está aquí esta violencia simbólica? Claramente en la manera en que estos amigos snobs tratan al empresario enamorado... con desprecio, ese medidísimo desprecio. Pero la uestion aqui es que estas malas maneras son asumidas, consentidas y compartidas por aquellos que las padecen. En la película el empresario no solo no cuestiona en ningún momento el tratamiento al que es sometido, claro que no, la torpeza y el desconcierto en la que ineludiblemenete dichas prácticas lo introducen se lo impiden.    

Dice Bourdieu que los intelectuales son la fracción dominada de la clase dominante. Cogeremos estas palabras para meter en el mismo saco a intelectuales y artistas.  Sí, lo hacemos porque consideramos que ambos comparten la posición de poder en determinado campo social: el de los bienes simbólicos, esto son, aquellos bienes (cosas queridas)  cargados de reconocimiento social dentro de una jerarquía de posiciones. En este caso, estos amigos poseen este capital, que en el fondo es una forma prestigio y poder que se manifiesta en este dominio sobre las interacciones. El medio dificil de definir esto de la violencia simbolica, sí, difícil definirla, pero no dificl de verla. Verla se la ve enseguida, se ve el plumero....Eso, lo que muestra la violencia simbólica cuando se ejerce (y quizás en esto consiste ella) es la jerarquía finos/paletos, con todos sus grados. Cuando la violencia simbólica se practica se hace evidente quien está abajo y quien arriba en cuanto a distincion se refiere, sin que haya manera de que este "salir a la luz" sirva de ningún modo como desativación de la misma, sino más bien como su refuezo por actualización, porque el dominio simbólico, rebosante todo él, se regodea. Contra este todo serán reacciones, porque mazo machacasignificados se impone brutal y limpiamente. 
Pues sí, hay un "ensañamiento" que también se ve en la película. Se trata de un delicado doble juego por el que estas élites culturales estando desposeídos ellas -algunas de las veces- de este otro capital, el económico, tendrán que presentar, sin embargo, sobretodo en los casos en lo que sí lo poseen, en virtud de las propias reglas que comparten, una actitud de indiferencia y desdén hacia éste. Se trata de una marca cuyo nombre deben mantender, la marca de aritista/intelectual que no se vende, puro... Pero, al hallarse ellos insertos en el campo social general donde el poder ecónomico es tan determinante, este doble juego de despreciar lo material se volverá problemático y fuente de tensiones y autojustificaciones. ¡Ah y quizás sea por eso que su discurso es a menudo tan rabioso, elitista y  pedante, y rezume ansia de venganza y restitución! (una restitución imposible...). Esta es, pues, la única explicación: que esta subordinación estructural les empuje a realizar constantemente la defensa y reivindicación feroz de su irreductible espacio de poder, aquel en el que ellos ganan de antemano. Y sus víctimas preferidas son... ¡ los nuevos ricos! claro, sí, ellos, los que tienen pan y no dientes, como el empresario enamorado de  la película, enamorado de algo que no entiende, poseedor de un capital que no sabe aprovechar, y de unos bienes carentes ese valor intrínseco que se le presupone falsamente a los bienes culturales elevados.  
   
 ¿Y en qué consiste eso por lo que se representan ellos como tan especiales? En las clases cultas y distinguidas está claro: la capacidad de experimentar cierto sentimiento. ¿Cual? Un sentimiento peculiar de placer relatado de mil y una maneras, que consigue desencajar a la cosa concreta de toda funcionalidad y contexto práctico, y situarla en un plano del desinterés contemplativo...por el cual, a la vez,  el contemplador siente casi místicamente, su ajuste absoluto con el universo en su totalidad. Esto es más o menos sabido intutivamente por todos y se manifiesta literariamente como un cierto estado de sobrecogimiento...  Lo sociológicamente relevante aquí es que será precisamente aquella experiencia estética donde el sintiente-el sujeto que realiza la acción de determinar esta cosa como “buena” y aquella otra como “mala” en términos de su adecuación a cierta idea de belleza y por tanto de gozarla o repudiarla estéticamente- se jugará su propia valoración o rango social y, en definitiva, su pertenencia o no pertenencia a un grupo simbólicamente superior.  Dicha superioridad simbólica presenta dos aspectos. Por un lado, uno que podríamos llamar poder de significación.   Dicho poder vendrá dado por este situarse respecto de las cosas con esta pose que hemos caracterizado como desinteresada. A través de ésta, se producirá la escenificación discursiva y práctica de que la singularidad de las cosas es abierta y redefinible desde un lugar amoral, ahistórico y presocial.  Es decir, que el sentido del gusto es previo a todo condicionamiento social, que redefine constantemente el valor y significado de las cosas, y que en dicha valoración y resignificación se juega el desarrollo moral del grupo humano de referencia.  Es verdad que este poder de significación y resignificación se tendrá que articular en el contexto de un mercado contingente  de los bienes "simbólicos", donde los agentes (grupos mediáticos, reales academias,  editoriales, galeristas, sellos discograficos, cadenas de television, marcas, academicos, etc ) manejan diferentes intereses y posiciones. Pero dicho campo está claramente como hemos visto jerarquizado, y la legitimación de dicha jerarquía y por tanto la obtención y concesión  de este bien dentro del campo deberá manejar esta ideología para ser exitosa. 

El otro aspecto de este ejercicio de violencia simbólica es que, en que el mismo movimiento discursivo que coloca determinados grupos productores o no y distribuidores como "vanguardia genuina" y  "elite cultural",  colocará por contraste, a todos los demas, como chusma desensibilizada (donde sensibilidad hemos visto no apela aquí a sensación sino a este sentimiento superior) meros consumidores pasivos y retrasados de los significados producidos por aquellos, a através de un ejercicio de constante y reiterada desposesión. Esta desposesión es doble: por un lado éstos consumidores son incapaces de emular siquiera la apreciación genuina de los productos de la “alta cultura” y por otro lado, son desposeídos de la capacidad de elevar a tal rango sus producciones. Así, por oposición a aquella cultura definida como “alta” está la que los desposeídos hacen, es decir,  la cultura "popular" o más adecudo en este contexto  "de masas”. La capacidad de significación de estos otros estará condicionada por su posición de inferioridad y presentará por tanto unas formas reactivas.  En esta posición se colocan cuando reconocen su supuesta falta (de distinción) y aspiran a emular las apreciaciones y ademanes y producciones de los aquellos, exagerarlos, buscando los huecos, siempre en la perifieria simbólica.  Surgirá, como no, una reactiva y romántica revindicación -¿igual de elitista?, muchas veces académica y externa- de esta "cultura popular" o "de la calle" inlcuso "de masas " como más auténtica (el folklorismo ) pero desde la aceptación básica del criterio que la conceptualiza como tal, muy común en los intelectuales que pretenden mitigar el carácter clasista de esta dinámica.  

Al hilo de esto recuerdo una cosa  que me contaba un amigo el otro dia sobre su juventud  "allí en la facultad iba yo todo elegante como un garrulo, y mis amigos pijos iban como unos pordioseros". Esta elegancia interior...no es más que la absorción temprana de los gestos del desinterés y toda búsqueda y cultivo de dicho gesto, la legitimación y fomento de su reproducción. 



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