Gerardo Ruiz Ruano nació en Ipiales (Colombia) a principios del siglo XX. Nada sé de su padre. Quizás fuera hijo ílegítimo, o quizás aquel muriera joven. De su madre Carmela -"Carmelina" para la posteridad- se sabe que era una señora mestiza con dos trenzas y mucho carácter que despreciaba con gran ardor a los indios. Tuvo varios hijos. Los tres que se quedaron solteros vivieron con ella hasta que murió. Además de sus hijos Carmela también tenía dos esclavas. Una de ellas, Mariana, apareció un día por la casa y se quedó. La peculiaridad de Mariana es que siempre iba descalza a todos lados. La otra esclava se llamaba Concha. Se la habían regalado a Carmelina de bebé en una estación de tren. Concha era negra y tuvo una hija con uno sus hijos solteros, Abelardo. Gerardo era el mayor y tuvo que trabajar para mantener a todos. De joven fue barrendero en un colegio, luego empezó a vender escobas. Descubrió que vender era algo que se le daba muy bien, así que prosperó. Llego a ser alcalde de su ciudad. Entre medias se enamoró de una bella joven de ojos verdes de la alta burguesía caleña que hizo caso omiso a las amenazas paternas y se fugó con su amado. Desheredada la novia, lo único que conservó fue un magnífico piano de cola blanco en el que básicamente tocaba “Para Elisa”. Gerardo llegó a tener muchísimas tierras que luego fueron ocupadas por la guerrilla. Gerardo era un hombre muy frugal. Aplicaba una regla en todas sus comidas S.L.M: "sólo-la-mitad”, de acuerdo a ella, comía hasta que sentía que aun podía comer el doble, pero no lo hacía (de ahí el nombre de la regla). Era pequeño, enjuto, con gafas negras, siempre vestía traje gris y camisa blanca. Murió a los 90 años. Tuvo 6 hijos. El primero se llamó Jaime y es mi padre.
La de la sábana es la abuela Carmelina. Ahora sé que ese hombre desconocido, su marido, era alcohólico y la maltrataba. También que hay rumores que dicen que fue mi abuelo Gerardo quien lo mató de un tiro.
Cuando les enseñé esta foto a mis hijas sabrieron mucho los ojos y se quedaron mudas. Entonces les pregunté si les daba miedo y me dijeron que sí. Cogimos unas toallas y estuvimos jugando a la abuela Carmelina un rato y riendo.


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