miércoles, 2 de septiembre de 2015

El mal de las mujeres

Relaciones Peligrosas de Chordelos de Laclos. Edición odiosa de Edaf, llenísima de erratas.

Me impresiona vivamente la maliginidad de de Madame de Merteuil.
Que odia a los hombres y a las mujeres. Que solo quiere vengarse de todos. También es libertina: que quiere gozar.  Pero sin sufrir las consecuencias. Su reputacion es lo que está en juego. También quiere disfrutar de todo lo que implica el prestigio social, lujo, influencia, consideración ajena. Hacia fuera mujer intachable, y hace sí misma genia difrutadora, manipuladora y calculadora. Monstruo contradictorio, su maldad parece fruto de la ira. La hipocresía: la odia y la usa. La hipocresía de las personas particulares que reproducen las dos caras de toda moral puritana: la que acatan tanto en una cierta apariencia como en una necesidad de autoculpabilizacion constante, y la cara en que dicha moral se incumple felizmente cuando conviene, digamos que se suspende. Ella advierte que ambas cosas se hacen de manera automática. Idiotas.
A la vez Merteuil ama, ama a Valmont, el exponente de lo que odia, los hombres que acaban con la virtud -su reputación- de las mujeres. Y lo tiene tan fácil y tan poco que perder... Se relaciona estrechamente y agrada tambien a aquellas a las que odia, esas mujeres mayores, insípidas nulidades vigilantes de esta virtud, la de las demás.
Cuando ella se juega el amor, Valmont juega solo a la seducción. El no la ama, ella lo sabe, la halaga, la "admira", la desea, pero más por orgullo y capricho, pero la desafección con la que la trata es flagrante.
Pero, ¿por qué mala? ¿Porque miente, manipula y finge? ¿Porque hace daño por el placer de la venganza? Lo mismo hace Valmont. Pero el autor de ceba con ella, se ensaña: la desprestigia, exilia, arruina, desfigura, saca un ojo. Pero no con Valmont. Él se ha enamorado y ha muerto y eso lo "restituye" a ojos de un lector superficial.
Creo que esta es una buena obra literaria, excelente, pero no puede dar para reivindicar nada. No hay nada noble en nadie, no hay ninguna formación edificante. Ninguna moraleja.
Quizás sí de fondo la voz de Merteuil, en su sofisticada y, a la vez, simplísima maldad -porque entrejete con diversísimos elementos tramas complejas, pero para fines muy básicos- que denuncia el doble rasero a la hora de juzgar moralemente la conducta sexual de hombres y mujeres, la inconsciencia, la ignorancia de esta trama y por tanto, esos automatismos que hacen a los personajes decir y hacer lo que creen que deben y, a la vez, lo que desean, y la pueril fusión que resulta de esta incoherencia. Pero su querer hecho de ira, un afán de venganza total que la construye cada día y destruye al final, cuando el hombre del que depende -ella se ha engañado a sí misma en esto- la traiciona.

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