miércoles, 2 de septiembre de 2015

El penúltimo de los injustos

Mi otro abuelo se llamaba Ruben Blanco. Murió con 88 años después de una fea agonía tras un derrame cerebral inesperado. Se dirigía a la cama y se cayó de repente... ¡plas!, al suelo. Todos en la familia teníamos a mi abuelo como un gran hombre. Y era grande. Sí, silueta de peonza y gran cabeza brillante con, en las zonas meridionales, pequeños oasis de pelos blancos a los que llevaba a la peluquería  mensualmente.  Pero también era grande para nosotros en sentido de "importante". Había sido diputado, senador y, finalmente, embajador. Embajador de Argentina en el Vaticano. Embajador de Argentina en el Vaticano durante la Segunda Junta militar.
A mi abuelo le gustaba mucho el arte, la literatura y la música. Siempre estaba leyendo y escuchando algo, o las dos cosas a la vez, y siempre entusiasmado nos contaba a mi por carta o en directo cuál había sido su último descubrimiento. Este abuelo era tal y como le correpondía por género, edad, ideología y posición y nacionalidad muy pero que muy homófobo. Recuerdo una vez, sobre Chet Backer (¿o era Caetano Veloso?) que me dijo "¡este maricón canta como los ángeles!"
Ruben Blanco nació en Arrecifes (provincia de Buenos Aires ) en una casa blanca estilo colonial como las que hay en Colonia de Sacramento. Arrecifes es un pueblo feísimo, de corte cuadriculado lleno de heladerías, tiendas de ropa y gente paseandose en moto los domingos por la tarde. Era aquella casa enorme con patio interior de suelo de baldosa roja y piscina de mosaicoy altos árboles y suelo de madera crujiente, antigua y elegante donde mi abuelo nacio y vivió. Allí mi abuelo tenía una biblioteca preciosa llena de primeras ediciones de Borges, de Gómez de la Serna, de Onetti, y también de otros tales como Emilio Castelar, Gramsci y tantos más. También tenía un busto de Sócrates pequeñito que un exnovio mío cogió sin  permiso la última vez que fui a Buenos Aires, la última vez que lo vi vivo, a mi abuelo. En fin, ahora soy profesora de filosofía y estoy segura de que mi abuelo que me quería tanto estaría contento de saber que lo tengo encima de mi mesa, de que a menudo lo miro y pienso en él, en Sócrates, en mi abuelo, en los grandes hombres... 

Entonces decíamos que había sido embajador, en el Vaticano. Durante la segunda Junta Militar. Mi abuelo. Aquella estancia  romana de cuando embajador le brindó a Rubén, así se llamaba -creo que ya lo he dicho-, la ocasión de disfrutar de mucha belleza. Y lo hizo. Hay una carta escrita a máquina -el siempre escribía a máquina- que leí una vez, en la que relataba la pomponsa y cemonialísima llegada y toma de posesión de su cargo en algún palacio vaticano, con papa incluido, por supuesto. La carta tiene unas 17 páginas, en ella describe hasta el más mínimo detalle de la ceremonia, no sólo -o no tanto- los aspectos digamos externos de la misma -esto es, que si éste del sombrero rojo se colocaba allí y el otro de las botas doradas allá, o que venían tantos caballos por la derecha y tantos por la izquierda- sino también -17 páginas dan para eso-  se explayaba en el aspecto más subjetivo de la cosa, -que si las figuras y sus movimientos le recordaban a esto, que si los fondos humanos o inertes le recordaban a los otro. Y presentaba todo el jolgorio con una alternancia acompasada de lo uno y lo otro que la lectura resultaba una experiencia totalmente musical.

 Los padres de mi abuelo se llamaban Manuel y Rosa. Manuel Blanco y familia poseían un almacen, "el almacén Blanco" que ocupaba toda una esquina de la calle y que fue la tienda de referencia del pueblo hasta no sé cuando. Vendían de todo, de todo. Los Blanco tuvieron 4 hijos, tres varones y una mujer. Mi abuelo fue el segundo. El primero, Guillermo, se hizo religioso, aunque nunca se ordenó, y llegó a ser Monseñor y rector de la Universidad Católica de Buenos Aires. Doctor en Filosofía, especilidad Antropología Filosófica. El tercero, Roberto, se malogró: murió de cáncer algo joven después de haberse pasado la vida cuidando su salud a base de yoga y "comiendo llullos", decía mi abuelo (quería decir que era vegetariano). La única hijo mujer, Elisa, se metió a monja... y era profesora de literatura. Unos hermanos muy humanistas. Hace poco le hicieron a Elisa una entrevista en una revista en la que hablaba orgullosa de haberle dado clase a Cristina Kirchner y en la que se inventaba casi todo, con mucha gracia, eso sí, con mucha literatura.

Desde 1976 hasta 1981. Pablo VI primero, y Juan Pablo II después. Mi abuelo Rubén. Videla lo eligió. Según Emilio Mignone en su libro Iglesia y Dictadura mi abuelo traicionó su pasado democrático al aceptar este cargo. También le reprocha Mignone en su libro a mi abuelo, haberse pegado la gran vida en los salones dorados del Vaticano todos esos años, invitando a familiares y amigos a compartir ese lujo ilegítimo. Es el tema de colaboracionismo. Y también es el tema del oportunismo. Pero no todo colaboracionista es un oportunista, ni todo oportunista se hace colaboracionista.

Hace poco vi con aprehensión "El último de los injustos", una película, una serie de entrevistas con Benjamin Murmelstein, el último presidente del Consejo Judío del campo de concentración de Theresienstadt. En ésta Murmelstein hablaba de su tarea allí. Lo entrevistaba un judio, el director, el mismísimo Claude Lanzmann que años antes habia rodado "Shoah", película de 10 horas sobre el exterminio judío. Lo menciono por razones evidentes, y aunque podría aparecer algo desproporcionado, no lo es tanto. El jucio moral suelda la fisura de los ejemplos, encuentra una identidad y fija la culpabilidad del que ha estado por decisión en el lugar equivocado y se ha beneficiadode alguna manera de ello. Pero hay alguna alegacion, el acusado esgrime sus razones. Así ese hombre, este rabino, también cultísimo afirmaba que gracias a él se habían salvado vidas, que había conseguido hacer más llevadera y decente la vida de las gentes que allí estaban encerradas, gracias a su inteligencia e influencia sobre Eichmann, con el que trabajaba codo a codo. El rabino que sí, que pasó a la historia, pero con un papel secundario e ingrato. El judio no colaboracionista quiere escuchar al colaboracionista, saber, entender por que uno de los suyos hizo lo que hizo, y por eso pregunta y escucha las razones, los motivos de las acciones humanas insertas siempre en coyunturas históricas, también personales. Pregunta y pregunta, y escucha las respuestas de este hombre judío que no era nazi, ni votó a Hitler, y cuya vida estuvo pendiendo de un hilo durante todo aquel tiempo.Y que no huyó aunque pudo hacerlo, varias veces. A la pregunta de por qué no lo hizo, responde: no podía abandonar a toda esa gente.
Pero yo nunca pude hacer eso con mi abuelo sobre aquello. Una vez lo intenté, pero el miedo a destruir toda la armonía familiar preestablecida no me dejó. Quizás el miedo a descubrir que mi querido abuelo era idiota, o que era ambicioso y por tanto, malvado. Era joven y le pregunté mal, con ira encubierta y con torpeza, para que no contestara.
Al final la comparación va resultar de lo más desafavorecedora para mi abuelo. Porque sinceramente, no se asume el cargo de embajador en el Vaticano para salvar o ayudar a nadie.  Mi abuela también lo decía, "tu abuelo ha ayudado a mucha gente". Nunca supe exactamente a quién, a cuántos, ni cómo. ¿Se puede pensar que otra persona en ese cargo no lo habría hecho...? Supongo que sí... Para consolarse.  Lo cierto es que no salió muy bien parado políticamente de todo aquello. Cuando terminó la dictadura se acabó su carrera política y fue colocado a la cabeza de La Escuela Militar de Buenos Aires, que es como decir que lo metieron en un trastero. Eso sí, tenía chófer. Y sé de buena tinta que eso le agradaba enormemente, al hijo de tendero, a mi abuelo, al gran hombre, tener chófer.

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