La pregunta ¿por qué
me quieres? en principio parece una pregunta infantil y tramposa. Sin embargo,
apunta a mi parecer a algo inmanente al amor mismo. Y quizás gracias a lo que
ella nos revela se pueda proceder al acoso y derribo de esta lacra social y
humana. Veamos, ¿qué ocurre cuando el preguntado
bienintencionado se dispone a responderla? Que se lanza a una enumeración de razones, motivos, cualidades
que dejan al preguntante hinchado de una satisfacción narcisista… y eventualmente
insuficiente. Por eso volverá a preguntar una y otra vez. Y no sólo
insuficiente. Porque si se detuviera a
escuchar realmente lo que se le dice y mirara estas razones, motivos y compendio de cualidades supuestamente
propias de cerca, se daría cuenta de que antes que nada son arbitrarias,
falsas, egoístas y superficiales. Así es
como cambiarán y se tornarán odiosas a la mínima ocasión que el amado rompa con
la imagen y expectativas que de él se ha hecho el otro (y viceversa). Y la
insuficiencia de todos ellos se basa, sobre todo, en que por mucho que se desenrolle
y desenrolle el rollo amoroso enrollado
por los implicados, habrá siempre un espacio vacío dentro del cual no podría
siquiera mirar el enamorado. Y es ese espacio vacío el que hace que a
toda esa cadena o lista o pirámide de razones y motivos se las agrupe bajo la
etiqueta de “amor”. Ese hueco hace que el amor sea, en el fondo, inexplicable y que, al final, el amante al que siguen instigando con el “dime más”, se ve
obligado a confesar al amado “y además te quiero por que sí”. Dicha inexplicabilidad le ha dado al amor
ciertas ínfulas de cosa preciosa y sublime. El resultado en que en ese lugar
básico y fundacional del amor tenemos un misterio hermoso y profundo que
básicamente para resumir diremos que actúa como fuente de sentido. “Si no creyera en el misterio”, dice Silvio
Rodríguez. Pero quizás, alguna vez, esa
pregunta tonta hecha tontamente para generar una tonta conversación tonta,
tenía un profundo e inteligente sentido: sacar a luz lo que no está a la luz,
hacer visible lo que no está visible. Y no se podrá, dicen. Porque eso es el
misterio del amor, un agujero negro, que por su alto rango de gran valor humano
se sustrae a la explicitación y sin embargo acaba justificándolo todo: la
devastación total del uno y del otro, del hijo, del hermano, del amante (No
tanto de los amigos que por su suerte se sustraen a su fuerza fagotizadora,
quizás porque no han de pagar la tasa “agujero negro” ). Chantaje y posesión son sin duda las dinámicas
que lo definen. Por eso, todos aquellos a los que posicionamos como “centros de
nuestro universo” no son desgraciadamente astros brillantes que nos calientan e
inspiran, y la recíproca, sino agujeros negros que nos arrastran sin mediación.
¿Que
es inexplicable el amor? Lo niego. Sí que puede mirar dentro y ver lo que hay
allí: frustración y culpa, eso. Nunca habrá otra cosa. Por eso yo también estoy, definitivamente, contra el
amor.
Y quizás el amado que pregunta al amante “¿por qué me
quieres?” lo que en el fondo le está preguntando (sin darse cuenta) es, “¿por
qué no me dejas en paz?”

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